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Sábado, 06 de Noviembre de 2010 10:22

Mitos y Leyendas de Magma

por  Carlos Romeo
Notas sobre Los Mitos y Leyendas de Magma

Los textos que se incluirán aquí y relativos a los Mitos y Leyendas de Magma son una elaboración literaria mía y no una suerte de "version oficial" de la "Mitología Kobaïana". Pese a que me he inspirado en la música, en textos de Christian Vander, de Jannick Top y de otros autores (músicos o creadores de blogs sobre Magma), leidos en los discos, blogs y otras fuentes, el responsable final de la redacción soy yo.
En la música de Magma hay piezas donde es relativamente sencillo encontrar un correlato entre lo que escuchamos y la acción que se narra. Es el caso de lo que llamabamos "Zombies" u "Om Zanka". En otras ocasiones, todo es muy nebuloso y he debido hacer una interpretación en función de lo que sé, completada con lo que me imagino. Éste es el caso de Theusz Hamtaahk.
Inevitablemente, ha sido imposible separar mis propias ideas e inquietudes. Por ello, algunos aspectos de lo que se narra entroncan con elementos de mi propia obra -escrita o no, aún-, como es el papel de la Inteligencia Artificial en el devenir del Universo y el concepto del "Milenio Trágico". Esto sucedió de forma natural y no fue algo forzado. Soy el primer sorprendido de que estas cosas "encajen".
Es posible que leyendo las mismas fuentes que yo mismo usé u otras, se encuentren contradicciones entre éstas y mis escritos. No debe extrañar, es literatura al fin y al cabo. Yo plasmo mi visión de lo que implican los Mitos y Leyendas de Magma.
La presentación de los textos no se corresponde ni con el orden conocido de las trilogías ni con la fecha de edición de los discos. He seguido un estricto orden cronológico, tal y como yo entiendo que se desarrolla la narración, la cual abarca desde un pasado remotísimo hasta un futuro lejano, pasando por el tiempo actual.
El único álbum de Magma que se situa fuera de los contenidos miticos de la Zeuhl Wortz es Merci. En otros discos hay piezas sueltas dispersas que sí podrían pertenecer al gran ciclo mítico. Sin embargo, no he logrado encontrar información suficiente como para poder integrar estas piezas en el texto. Por ejemplo, tengo la íntima convicción de que "Zess" podría formar parte de todo ello. Pero esto se apoya en una impresión personal.
Por tanto, no todo está dicho.

THEUSZ HAMTAAHK


En primer lugar está la invocación, que es una puerta para acceder al conocimiento y es un rito necesario para llegar a un nivel de conciencia que nos permita ver, si tenemos la disposición adecuada.

Esta vez la invocación sí ha logrado su propósito. Nos asomamos al Universo y podemos contemplarlo con la perspectiva de un ser omnisciente, de un Dios. El cosmos está aparentemente desierto, pero no hay apreciación más falsa. En todo éste bullen fuentes de vida e inteligencia, brotando aisladas como oasis en el desierto. Pero también existe una guerra brutal y aniquiladora desde hace miles de millones de años, tal y como se cuenta el tiempo en la Tierra.
Todo arrancó con la primera civilización. Cuando por primera vez el universo fue consciente. Nada queda ya de aquellos seres salvo su herencia, la lucha cósmica por definición.
En un momento dado de la evolución de aquella cultura se planteó la disyuntiva entre la mente y el espíritu. Por un lado, visto que la evolución de la inteligencia había quedado frenada por el cese efectivo de la evolución biológica, parte de aquella sociedad apostó por la opción de crear una Inteligencia Artificial que soslayase los problemas de los seres orgánicos y pudiera evolucionar sin límites. Para ellos la mente y el cuerpo era la misma cosa, dado que los procesos de la mente se sustentaban un conjunto de reacciones bioquímicas. La mente, pues, se asimilaba a la materia. Otra parte de esa sociedad no pensaba en la mente sino en el espíritu como algo que trascendía la materia y que existía por sí mismo. Pensaban sobre su naturaleza no como seres en los que cuerpo y mente se confunden en una misma cosa, sino como una dualidad de cuerpo y alma. En consecuencia, optaron por desarrollar el espíritu para independizarlo del cuerpo y de su necesidades.
Así pues, mientra unos se empeñaron en un desarrollo exponencial de la tecnología, los otros buscaron la via del conocimiento interior y la búsqueda de la Iluminación.
Era un conflicto entre partes desiguales ya que las comodidades que aportó la tecnología a su sociedad encandilaron a muchos de sus miembros. La crisis llegó con la consecución real de la tan ansiada inteligencia artificial. Estos nuevos entes, inanimados por definición y arrastrados por su propia lógica se vieron como seres definitivos. Por tanto, sus creadores ya no eran necesarios y se habían convertido en una molestia, en un lastre. Por ello, decidieron prescindir de sus ellos. Aquella sociedad era tan dependiente de la tecnología que no pudo sobrevivir a la rebelión de las máquinas. Aquella inteligencia artifical empezó a expoliar sistemáticamente aquél mundo convirtiéndolo en inhabitable para sus pobladores originales. No les mataron, les dejaron morir.
Mientras todo aquello sucedía, los seguidores de la vía del espíritu habían continuado con sus propias investigaciones. Su sabiduría era inmensa, pero no habían logrado aún su objetivo final: convertirse en espíritus puros y conseguir una conciencia universal. Sin decirlo, querían llegar a ser dioses. Finalmente uno de ellos llegó a la Iluminación durante una meditación trascendente. Se disoció de su cuerpo y se dio cuenta que podía existir de alguna manera separado de éste. Despertó y comunicó su experiencia a sus compañeros de estudios. Analizó todo le proceso, pudo repetirlo y se lo enseño a otros, que se ofrecieron para intentarlo. Pasó bastante tiempo, pero empezaron a conseguir la disociación y aquellos espirtus sin cuerpo llegaron incluso a reunirse en lugares convenidos de antemano. Descubrieron que podían viajar en el espacio y en el tiempo, pero sólo al pasado.
El primer iluminado concibió una prueba realmente difícil y se sometío a ella. Consistía en dejar morir su cuerpo mientras el espíritu se encontraba disociado de éste. Ningún acólito quiso darle muerte y hubo que esperar a que falleciera por sí mismo, ya que el cuerpo sin alma no puede vivir. No le dolió, no sintió su muerte. De alguna manera sucedió que seguía existiendo. El asombro en esta comunidad de investigadores metafísicos fue generalizado. Algunos reaccionaron con miedo ya que querían seguir viviendo en la realidad física. Otros se entusiasmaron con esta posibilidad y se sumaron llenos de esperanza al sacrifico del primer iniciado, Estas almas liberadas emprendieron un largo camino en busca del conocimiento. Se alejaron de su mundo natal buscando cómo superarse y esperando el momento de sembrar sabiduría en las civilizaciones que pudieran encontrar. Siguió su evolución espiritual y algunas de aquellas almas se convirtieron, de hecho, en Dioses.

Volvemos al momento en que surge la visión tras el rito.

Aparentemente vacías, el espíritu puede cabalgar por las llanuras inacabables de los cielos y atravesar distancias enormes si sufrir efectos relativistas, sin que el paso del tiempo les sea perceptible. Puede observar como los mundos colonizados por las máquinas estan habitados por seres neorgánicos inanimados, ya que la Inteligencia Artificial empezó a usar tecnología orgánica en sus componentes ya que era más flexible y eficaz -salvo para el viaje interestelar- que su propia naturaleza inorgánica original. Eran mundos tristes de ciudades geométricas, donde todo era sistemático, incluido el expolio de sus recursos. Todo ello vinculado al incremento constante de la capacidad de proceso de la información, una necesidad insaciable. Este avance veritiginoso era de una velocidad impactante pero estéril. Aquellos eran remedos de sociedad, con la misma cultura que una colonía de bacterias. Las máquinas mantienen largas guerras al estar en conflicto con otros seres inteligentes que han ido encontrado en los planetas que han querido explotar. También están en guerra con nuevos entes -el pueblo de Ork- que ellos mismos habían creado hacía millones de años. Seres de extraña naturaleza y que eran a las máquinas lo que éstas a sus creadores originales. Era como si hubieran sentido la necesidad -algo inexplicable- de crear sus propios Dioses, los cuales se volvieron contra ellos, replicando el propio origen de las máquinas. Ésta era un guerra sin cuartel.

Cambiando de foco, en nuestro viaje astral encontramos las huellas de los espíritus, cuya manera de luchar es muy diferente. No interfieren en las sociedades que encuentran, no roban su riqueza, sólo dejan la semilla del conocimiento de lo Eterno, de Kobaïa, en las almas de los seres más predispuestos que encuentran. Es el ejercito de la Zeuhl Wortz. Siempre alerta y en guerra, pero a través de la sabiduría y no de las armas. Procuran no enfrentarse directamente con la Inteligencia Artificial. Más bien, apoyan a sus enemigos e inducen el desarrollo del espíritu en aquellas culturas que van llegando al mismo punto de inflexión al que llegó la primera civilización del Universo. Estos Dioses y seres de naturaleza angélica eligen y predisponen a los sujetos susceptibles de llevar a cabo su labor. Se han vuelto muy poderosos, aunque no omnipotentes, y carecen de la soberbia de las máquinas. Sólo actuan abiertamente de cuando en cuando porque aman la libertad y quieren que todos los seres con alma puedan ser libres para decidir por sí mismos y buscar su propio camino hacia la Iluminación.

Esta guerra no es una batalla en campo abierto, no se trata de cargas de infantería con las bayonetas caladas. Ésta es una guerra de guerrillas para ganar voluntades. Éste es el telón de fondo sobre el cual se desarrollan mil y una historias, pequeñas o grandes, a lo largo de todo el cosmos.

Nuestro viaje astral nos lleva, al final de este primer acto, a la Tierra. Allí se va a poner en marcha una lucha de largo alcance, de duración más que milenaria.

Templo del dios Ptah en Memphis

ËMËHNTËHTT-RÉ






Anoche en Memphis hace miles de años. Se celebran los cánticos rituales vespertinos mientras se encienden los fuegos y las lámparas que iluminaran la ciudad, los palacios y los lugares de culto. En el santuario del templo de Ptah, Ëmëhntëhtt-Ré, el Sumo Sacerdote y Jefe de los Artesanos, dirige el culto vespertino. Tras toda una vida dedicada a Ptah, ha comprendido que el rito es sólo una técnica y que la perfección en su dominio expresa cómo te dedicas a tu Dios. Interiorizado, se convierte en la clave para acceder a un nivel de conciencia superior. Igual que las funciones del cuerpo físico son autónomas para que la mente no deba estar pendiente de respirar o de mantener el equilibrio, el alma puede automatizar sus funciones para dirigir su plena conciencia hacia lo metafísico. Ëmëhntëhtt-Ré sabe que hay herramientas útiles para ello como el trance inducido por drogas, música o ritos, solos o combinados entre sí. Pero es ahora, inesperadamente, cuando se apodera de él esa disposición del alma que surge como una intuición poderosa de lo eterno. Surge Kobaïa, lo Eterno por definición. Estalla este concepto en su psique  y por primera vez el Sumo Sacerdote de Ptah es capaz de ver más allá del rito. Están casi a mano tanto el conocimiento íntimo del Dios como el acceso a la Inmortalidad, la vivencia de lo Eterno. Su propia voz se une a los cantos propiciatorios de los acólitos pero en ese momento llega el sufrimiento. Aparece un dolor físico intenso y Ëmëhntëhtt-Ré comprende entonces que ha sido envenenado. El sabe de su enemigos, tanto en la clase sacerdotal (que envidia su poder para la visión) como en la figura del propio Faraón, que no ve con buenos ojos su gran poder e independencia. Pero el asesino ha sido torpe ya que no conoce el poder del Sumo Sacerdote. Para salvarse, este ejecuta la Invocación de la Vida, que es un cántico doble, exterior e interior. Ëmëhntëhtt-Ré canta para salvar a la vez su vida y su alma. Su voz se eleva mientras su psique es capaz de alterar la materia y transmutar el veneno en placebo. Las acólitas se sorprenden y le interpelan ya que canta en un idioma que desconocen, ya que no es el habla del Reino Antiguo sino la lengua mágica de Kobaïa la que surge espontáneamente de su boca, la que llena de resonancia la cámara principal del santuario. Cuando la voz ya no puede expresar más esta lucha es la entrega absoluta del alma la que sustituye al canto, con una canción espiritual que ningún mortal puede escuchar en vida. Es en este trance cuando el Sacerdote vence al veneno y, debilitado pero vivo, vuelve a escucharse su voz, para volver a callar después. Entonces su cuerpo se derrumba ya que en la exaltación de ese instante de victoria Ëmëhntëhtt-Ré entra en un trance paradójico de vida con apariencia de muerte. Su catalepsia hace que sus acólitos le recojan y lleven a una cámara privada. Es una meditación tan profunda la que realiza que ésta, ante la mirada de legos, es casi indistinguible de la muerte.
El alma del sacerdote en trance se encuentra inmersa en el Mundo Subterráneo, intermedio entre la vida y la muerte. Allí emprende el viaje hacia las Tierras Occidentales. Su espíritu no está solo allí, ya que en su camino él se ve atacado o amenazado constantemente por las almas de los muertos que no son conscientes de serlo, de aquellos cuyos ritos funerarios no fueron apropiados, de los que abandonaron su morada en la Tierra en soledad y creen que aún viven. Así recorren este Mundo Subterráneo entre el terror y la locura, sin comprender nada. Además, estas lamas pueden ser devoradas por demonios y eso implica la aniquilación absoluta y final del ser. Este lugar que recorre el Sacerdote es un corredor iluminado débilmente por excrecencias fungosas y con un canal de aguas oscuras en su centro. Es inmensamente largo y ancho, de apariencia sombría y tenebrosa y en éste desembocan otros corredores algo más estrechos. Las almas perdidas se presentan ahí con el aspecto de seres humanos harapientos con un cuerpo lívido en descomposición al que le faltan fragmentos o miembros. Son los no vivos. Pero Ëmëhntëhtt-Ré no les teme, ya que sabe que tiene el poder suficiente para vencerles. Para él es como una carrera sin fin, pero el Sacerdote sigue avanzando hacia el final del túnel, mientras se le presentan de horrendo aspecto. Tienen cabezas con formas de animales, como imitaciones imperfectas de Dioses, pero son sólo seres inmundos con un apremiante anhelo por devorar almas frescas. La de Ëmëhntëhtt-Ré es tan luminosa y tiene tal poder que les atrae como un imán y éste debe luchar infatigablemente para apartar a esas criaturas de su camino.



Ptah


Al llegar a las Tierras Occidentales el túnel se abre a un espacio abierto inconmensurable y de una claridad deslumbrante por extrema. Las almas de los no vivos y los demonios no pueden atravesar ese umbral y quedan atrás. Allí el sacerdote se ve sometido a la plenitud del conocimiento de Ptah, a la que se entregó gozoso.
Es justo en este momento cuando Ëmëhntëhtt-Ré despierta de su letargo en su cámara privada del templo. Allí es consciente de su viaje astral y sus implicaciones. Comprende por fin la naturaleza de lo Eterno, de Kobaïa. Sabe que tiene la capacidad para poder revivir a Ptah y ganar la Inmortalidad. “Los Dioses no pueden morir” –piensa–, “pero su poder puede debilitarse al estar implicados en la Guerra Eterna. Hay que ganar más almas para Ptah”.
Y es en este instante de iluminación cuando el cuchillo traidor del asesino se hunde en su vientre buscando desgarrar el hígado para provocar un sangrado incoercible, incluso para las artes del más sabio Hombre Hemostático.




El Sumo Sacerdote agoniza y nadie puede salvarle ya de su muerte. Aún vivo, viaje en su cortejo fúnebre que le lleva al sepulcro que él mismo mandó construir en un valle oculto en las montañas desérticas que separan el Nilo del mar. En su agonía tiene atisbos del futuro ya que s capacidad para al visión se acrecentó tras su experiencia en las Tierras Occidentales. Su alma habitará su cuerpo muerto hasta el día en que el Elegido, Köhntarösz, abra su tumba. Ëmëhntëhtt-Ré lo contempla en su visión y por ello, pese al dolor de la vida que se desvanece, siente el júbilo inmenso de quién sabe que va a vivir de nuevo, de alguna forma. Pasarán miles de años, pero como fuera del mundo de los vivos se encontrará fuera del curso del tiempo, la eternidad y el instante serán equivalentes para él.
Ya en el sepulcro, los acólitos, que han entonado un canto fúnebre, esperan que Ëmëhntëhtt-Ré fallezca para proceder con las prácticas mortuorias. Inmediatamente antes de morir el Sumo Sacerdote realiza un conjuro por el que sólo quien pronuncie una palabra concreta en la lengua mágica de Kobaïa, con la predisposición de espíritu necesaria, logrará franquear puerta de la cámara mortuoria. Hecho esto, finaliza su agonía y muere.
Tras cerrar el recinto, el conjunto más íntimo de seguidores  y acólitos de Ëmëhntëhtt-Ré deciden vivir en el valle con sus familias y no volver jamás a Memphis. Quieren proteger el lugar en espera del Elegido. Todo el tiempo que haga falta.


Köhntarkösz Anteria / Köhntarkösz

No fue ni el primero ni el último, para estas u otras misiones, pero las fuerzas espirituales del universo escogieron a Köhntarkösz desde la niñez. En su mente infantil plantaron semillas que germinaron con el uso de la razón. Fue escogido por las habilidades potenciales que encontraron en él. Nada podía distinguirle de cualquier otro niño durante la primera infancia, pero en cuanto se escolarizó destacó por su facilidad para aprender, no sólo para memorizar sino también para razonar. La suya era una mente privilegiada y por ello siempre estaba insatisfecho en clase. Nunca era suficiente lo que le enseñaban. Además, existía esa incomodidad en su espíritu. Ese vacío que no podía llenar con nada. Llegó el momento en que empezó para él el estudio de la Historia y al llegar al capítulo de la civilización egipcia el suelo fértil que era su mente germinó con fascinación e interés. El texto le pareció insuficiente y empezó a buscar información adicional. A partir de entonces compaginó sus estudios formales con su inmersión en la egiptología.
Al llegar la edad en que debía decidir sobre sus estudios superiores a nadie de su entorno le extrañó que dirigiera sus pasos hacia la arqueología. Además, amplió su currículo con el aprendizaje del árabe y de las lenguas coptas. A pesar de todo, el vacío en su alma seguía sin colmarse. Merced a conocidos con inquietudes similares se inició en disciplinas esotéricas de las que aprendió mucho pero que tampoco le llenaron. Abandonó las prácticas rituales por la meditación, buscando siempre la Iluminación.
Los años de estudio, pese a trabajar en una tesina sobre aspectos esotéricos de la egiptología, fueron una tortura. Él no quería trabajar sobre Egipto sino ir a ese país y no como un turista. Quería ir a trabajar en cualquier excavación que tuviera que ver con lo más remoto en el tiempo de aquella civilización que había dado un sentido a su vida. Finalmente, no sin un poco de suerte, después de otros trabajos que en nada le satisficieron, obtuvo una beca para realizar trabajos de postgrado en una excavación en Memphis.


Es difícil imaginar la impaciencia apenas disimulada con que llevó a cabo su viaje a El Cairo. Una vez allí tuvo que frenar sus impulsos más íntimos de ver y conocerlo todo de golpe, cuanto antes. Se encontraba exultante de gozo. Sus compañeros de expedición, alguno de ellos compañero de estudios, no salían de su asombro. Estaban acostumbrados a su semblante serio y taciturno; a su conversación parca y siempre centrada en la discusión de temas académicos; y a su falta de interacciones sociales.


Cuando la expedición llegó finalmente a las excavaciones en Memphis les dejaron el resto de la tarde libre. Köhntarkösz se sintió con una plenitud como no la recordaba desde la más tierna infancia. El largo camino iniciado desde aquella lectura escolar le había llevado hasta allí. En aquel momento los espíritus rectores que habían dirigido sutilmente su vida le guiaron a la sala principal del templo de Ptah. Allí él se sintió sobrecogido por una sensación de reconocimiento. “Conozco este lugar” –se dijo–. Sus pasos le llevaron a una cámara adyacente. Su pulso se aceleró al comprender que estaba en el escenario del asesinato del Sumo Sacerdote Émëhntëhtt-Ré, muerto a traición cuando había llegado a la comprensión de los  misterios de Ptah tras un viaje astral a las Tierras Occidentales. “Toda mi vida me ha llevado aquí” –pensó–. “Todos mis estudios formales y los de egiptología esotérica convergen aquí. ¿Para qué?”.
Aquella noche, por primera desde la pubertad, Köhntarkösz se durmió sin sentir la losa fría en su pecho que expresaba el vacío que sentía en su alma.
Trabajó en la excavación sintiéndose muy feliz durante varios días. Veía y palpaba cosas que sólo había conocido de forma libresca. Cada pequeño detalle, cada ínfimo descubrimiento, era la fuente de nuevas preguntas.


Pasó una semana y sus sueños empezaron a llenarse con voces que le instaban a partir hacia las montañas. Eran los espíritus rectores que le urgían a completar su viaje.
Así sucedió que en una madrugada Köhntarkösz despertó con una inquietud que supo que sólo podía calmar de una manera. Con discreción recogió su impedimenta y con el amanecer salió de la excavación hacia el este buscando una manera discreta de cruzar el Nilo una vez llegado a sus orillas. Una vez hecho esto se aprovisionó con toda el agua que pudo encontrar. Por fortuna, en un primer momento pudo avanzar por un camino de tierra y así lo hizo hasta encontrar las primeras montañas. Allí cambió la dirección del camino, hacia el sudeste mientras se internaba en la sierra. El terreno era un pedregal y el sol era implacable pero Köhntarkösz logró llegar a unos peñascos donde encontró la sombra suficiente para poder dormir hasta la tarde. No era un desierto de arena, no había dunas que vencer en su camino, lo cual era una gran ventaja. Transcurrió una jornada igual. En el alba del tercer día el arqueólogo empezó a inquietarse, ya que sólo le quedaba agua para un día más y no sabía cuánto le falta por recorrer. Esa misma tarde encontró una senda más estrecha pero con signos de haber sido usada de vez en cuando. Se internó en ella observando que penetraba en lo más hondo de las montañas siguiendo el curso seco de un arroyo. Finalmente encontró una charca rodeada de vegetación. Llenó las cantimploras para después meterse en el agua. Esperó a secarse antes de buscar refugio lejos del humedal para evitar los mosquitos, vectores del paludismo. Se despertó descansado como no lo había hecho en días y, tras comer unos dátiles, se dispuso a seguir la senda, la cual sorteaba enormes peñascos. En ocasiones se volvía un desfiladero estrecho y en algunas ocasiones subía por alguna de las paredes de roca buscando un paso para llegar a otro valle. Tras un par de revueltas por pasos muy estrechos llegó a un enorme circo de piedras con vegetación y palmeras en su interior.


Empezaron a escucharse voces de niños los cuales aparecieron ante él y se fueron corriendo de allí. Köhntarkösz reanudó su marche en esa misma dirección hasta que llegó al palmeral y vio frente a él a un grupo numeroso de personas que bloqueaban el paso.
Se dirigió a él un anciano que le interpeló en copto.
–¿Eres el Elegido?
El arqueólogo se sorprendió tanto por la pregunta como por el idioma de su interlocutor. Había leído sobre aquella figura del Elegido pero nunca había pensado en que él pudiera serlo. Respondió usando el mejor copto que pudo.
–No lo sé.
–¿Por qué has venido?
–Tampoco lo sé seguro. Toda mi vida estuve buscando una razón para vivir y la encontré en Egipto. Cuando llegué a Memphis surgió la necesidad de caminar hacia las montañas y he llegado aquí. Supongo que de alguna manera esto tiene que ver con Ptah y con Ëmëhntëhtt-Ré.
La mención del nombre del Sumo sacerdote conmocionó a las gentes allí congregadas, las cuales cruzaron sus brazos a la altura del pecho.
–¿Has venido a saquear su tumba?
–No. ¿Está él enterrado aquí?
–¿No lo sabes? ¿Podemos creerte?
Köhntarkösz sintió de repente un vértigo y empezó a escuchar canticos.
–¿De quién son esas voces?
–¿Qué voces?
–Las que cantan.
–Aquí nadie canta.
En ese momento Köhntarkösz entró en trance y empezó a invocar a Ptah con la voz de Ëmëhntëhtt-Ré usando la lengua antigua:
–Ptah, el de Hermoso Rostro.
–Ptah, Señor de la Verdad.
–Ptah, Señor de la Justicia.
–Ptah, el que escucha las Plegarias.
–Ptah, Señor del Júbilo.
–Ptah, Señor de la Magia.
–Ptah, Señor de las Serpientes y de los Peces.
–Ptah, Señor de lo Oscuridad.
–Ptah, Señor de la Eternidad.

Y al finalizar perdió el sentido.
Cuando despertó se encontró a cubierto. Al moverse, el anciano, que estaba presente, acudió ante él y le dio información. Según le dijo, las gentes de aquel pueblo eran los descendientes de los acólitos de Ëmëhntëhtt-Ré, los cuales juraron guardar su tumba en secreto todo el tiempo que fuera necesario. Habían sobrevivido viviendo de los frutos del oasis y comerciando con artesanía, transportada a través de rutas secretas, para así poder obtener otros productos. Esa había sido su forma de vida durante miles de años. Esporádicamente llegaban gentes como Köhntarkösz, por algún tipo de convicción interior pero ninguno fue el Elegido. Decidieron quedarse y al hacerlo aportaron su propia cultura e idioma. Sabían de todos los cambios históricos que había sufrido Egipto permaneciendo al mismo tiempo alejados del curso de su Historia. Le comentó que por primera vez le parecía que había llegado alguien que bien podría ser el que habían estado esperando tanto tiempo.
–¿Por qué yo?
–Invocaste a Ptah en la lengua antigua, con una voz que no era la tuya.
–¿Es eso suficiente?
–No. Deberás ser capaz de entrar en la tumba de Ëmëhntëhtt-Ré. Solamente el Elegido puede hacerlo.
–¿Y cuándo será posible intentarlo?
–Cuando quieras. Hemos aguardado milenios y podemos esperar a que tu cuerpo se reponga del viaje. Medita sobre todo esto.
Dicho esto, el anciano dejó a Köhntarkösz a solas con sus pensamientos. Luego, el joven arqueólogo comió y durmió un poco más. A los dos días se encontraba ya bien y pidió poder hablar con el anciano. Ya ante él, le habló.
–En mis sueños una voz me urge a actuar y desde que hoy desperté escucho cánticos celestiales. Hoy es el día.
Nada contestó el anciano. Cruzó las manos sobre el pecho y llamó a unas muchachas, las cuales lavaron, ungieron y vistieron con ropas del desierto a Köhntarkösz. Cuando salió al exterior de la vivienda de adóbe le esperaban todos los habitantes del lugar y le acompañaron fuera del oasis, camino de una ladera de la pared rocosa. Cantaban aleluyas sin cesar. El arqueólogo se dio cuenta de que se encaminaban hacia el umbral de una cueva con la holgura suficiente para permitir el paso de un sarcófago. Siguió andando hacia la entrada y de repente escuchó un murmullo. Se dio la vuelta y preguntó.
–¿Qué sucede?
–Nadie ha podido llegar nunca al lugar donde estás –contestó el anciano–.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Köhntarkösz y siguió caminando hasta que un obstáculo invisible le detuvo. Era una resistencia elástica invencible. Cogió un guijarro y lo arrojó a la cueva en la que entró sin dificultad. No podía avanzar más.
Los cánticos de los ángeles se mezclaban con los aleluyas de la gente y llenaban su mente mientras se disponía a meditar. De repente supo lo que debía hacer y gritó una palabra en la lengua mágica de Kobaïa.
–¡Hamataï!
Acto seguido se produjo tanto una conmoción espiritual en Köhntarkösz como un estruendo sordo acompañado de temblores del suelo. Como luego comentaron los guardianes de la tumba, sonó como una canción de la tierra.


Cesada la agitación, el joven arqueólogo extendió las manos para no encontrar resistencia. Se volvió a sus acompañantes para indicarles, con un signo afirmativo de la cabeza, que ya estaba todo preparado. De acuerdo con lo planeado, unos hombres jóvenes se acercaron con espejos de bronce pulido que dispusieron de forma que recogiera la luz del sol y la enviaran a la entrada de la cueva. Dieron uno a Köhntarkösz por si necesitaba iluminar algún recodo. De todas formas, él llevaba en su morral un foco frontal y dos linternas. Le sudaban las manos y se las secó en la ropa que le habían prestado, de lana fresca. Miró hacia atrás para ver como el anciano le despedía cruzando los brazos sobre el pecho, con los puños cerrados.
Avanzó hacia el umbral sin encontrar resistencia y entró en la cueva. Recordó que ningún ser humano había penetrado allí en, al menos, cinco mil años. Era obvio que aquello era obra del hombre ya que se encontraba en un túnel excavado en piedra arenisca y con un grado de inclinación constante. Tuvo que dejar el espejo en cuanto comenzó la pendiente. Encontró arena y suciedad, restos traídos por el viento, huellas de pájaros y animales, sobre todo cerca de la entrada; y polvo en el suelo que no había sido hoyado por seres humanos. Debido a la inclinación tuvo que encender el frontal mientras seguía bajando internándose unos veinte metros más. Hacía frío allí. Llegó a una cámara que era el doble de ancha que el túnel de donde procedía. Allí sólo había una puerta corredera de piedra.
Hasta ahora el silencio sólo había sido roto por el sonido de sus propios pasos, pero Köhntarkösz empezó a escuchar los mismos cánticos que resonaron en su mente pero que en esta ocasión procedían del otro lado del portón. No sintió ni miedo ni aprensión, sólo una extraordinaria sensación de respeto.
Encendió las dos linternas de luz fluorescente que llevaba y se acercó a la puerta con ánimo decidido. Estaba bien cerrada y era pesada pero, primero milímetro a milímetro y luego con más facilidad, logró abrirla lo suficiente como para poder entrar en la cámara mortuoria. En cuanto se abrió la primera rendija el canto cesó.
Recogió las linternas y penetró en la cámara, inalterada durante milenios. Pudo observar las pinturas policromadas de las paredes y el techo que, entre otras cosas, narraban la vida del Sumo Sacerdote Ëmëhntëhtt-Ré y referencias al culto de Ptah. Junto al sarcófago se encontraban las pertenencias del muerto y otros tesoros. Para un arqueólogo típico aquello hubiera sido la culminación de toda una vida, para Köhntarkösz sólo era el comienzo de una nueva existencia. Apartó de uno de los lados del sarcófago lo que allí había, ya que quería abrirlo. Empujó la tapa desde el otro lado y lentamente esta empezó a cede hasta bascular y caer al suelo. Se asomó la interior y vio el sarcófago interior de madera y oro que contenía la momia del Sacerdote. Aprovechando el borde de piedra del sarcófago exterior y apoyando su vientre en éste, empezó a manipular la caja de madera y metal. Al ceder la tapa pudo ver como se llenaba el aire de la cámara de polvo. Sin que pudiera evitarlo lo inhaló y al hacerlo cayó aparentemente inconsciente en el suelo. No estaba ni muerto ni dormido sino en trance. Su mente revivió toda la vida del Sumo Sacerdote, desde su niñez y primeras experiencias hasta los acontecimientos del día de su muerte. Todos los conocimientos y sabiduría pasaron por él y a través de él. Sintió como suyos todos los momentos de miedo o exaltación, de ira o compasión, que habían llenado la vida del servidor de Ptah. Lo vivió todo antes de despertar del trance.


Abrió los ojos y se vio en una minúscula jaima en penumbras. Hizo amago de levantarse y en aquel momento abrieron la entrada de la tienda. Así vio que había sido habilitada en la antecámara del sarcófago, al final del túnel. El anciano, que había sido su interlocutor desde su llegada al oasis se dirigió a él.
–Elegido, por fin has despertado.
–¿Cuánto tiempo llevo inconsciente?
–Creemos que un día. Pasadas unas horas desde tu entrada y como no volvías bajé con mis más íntimos amigos para buscarte y te encontramos inconsciente, era imposible despertarte. Hablabas en sueños en la lengua antigua. Has cantado y has invocado durante el trance. Te sacamos de ahí dentro para tenderte aquí sobre una estera, cubrirte con una jaima y nos quedamos a velarte.
Nada respondió entonces Köhntarkösz. De su experiencia no quedaban más que briznas de recuerdos inconexos. Decidió quedarse allí algún tiempo y empezar a reconstruir  el conocimiento a través del estudio de la cámara mortuoria. Cuando ya no pudo extraer nada más supo que debía volver al mundo para proseguir su búsqueda.
En el poblado hubo reacciones encontradas ya que les apenaba despedir al Elegido. Pero comprendieron sus razones para seguir buscando la Iluminación. Para que, a través de la integración del conocimiento externo e interno, pudiera revivir las enseñanzas de Ëmëhntëhtt-Ré y lograr despertar a Ptah; y acceder a la Inmortalidad, fuera ésta lo que fuese.


Le acompañaron por caminos secretos y seguros al pueblo más cercano y desde allí volvió a Memphis, donde le daban por muerto. Vuelto después a Europa, se dedicó toda la vida  buscar en sí la visión de Ëmëhntëhtt-Ré. Mientras tanto fue sembrando en la mente de sus discípulos la motivación para a búsqueda de Kobaïa, de lo Eterno.
Antes de partir volvió a la cámara mortuoria para rendir tributo a la momia del sacerdote, cuyos restos resecos y arrugados parecían los de un hombre muerto en paz. Qué lejos de la extraña expresión que había visto en aquellos restos antes de perder el conocimiento, intoxicado por el polvo. Cuán diferente el rostro que vio en aquel instante, con la facies tersa de un recién fallecido envuelto con lienzos blancos e inmaculados. Cuando el cadáver de Ëmëhntëhtt-Ré abrió sus ojos y le miró.


Kobaïa – El viaje




Los discípulos de Köhntarkösz y los de estos, y aquellos a los que estos últimos captaron para la Zeuhl Wortz a lo largo de varias generaciones fueron infiltrándose en los principales centros de poder del mundo, ya fueran de índole política, económica, intelectual, técnica o artística. Tenían la pretensión de convertirse en un grupo de presión  para conducir a la sociedad hacia la senda de la Zeuhl Wortz, pero no dejaban de ser una minoría con un poder limitado.

Llegó el día en que ocurrieron un par de hechos significativos en el desarrollo del viaje espacial y la colonización de nuevos mundos. Por un lado, de ente los numerosos planetas extrasolares  conocidos se encontraron dos con una atmósfera similar a la terrestre. Casi todos habían sido o bien gigantes gaseosos al estilo de Júpiter o rocas sin apenas atmósfera. No fue así esta vez. El más cercano recibió el nombre de Malaria, y el más lejano, merced a la intervención del grupo de presión infiltrado, recibió el de Kobaïa. Por otro lado, se había dado con la calve para realizar viajes a velocidades próximas a la luz casi por casualidad, como un descubrimiento colateral de otra línea de investigación.

Nada de esto dejó indiferentes a los maestros kobaïanos en la sombra. Ante el hecho de la práctica imposibilidad de llevar a cabo sus ideales en la Tierra se plantearon la opción de viajar a alguno de estos planetas a instaurar su sociedad ideal  huyendo del materialismo reinante. Inmediatamente se plantearon dos puntos de vista. El de los partidarios del viaje y el de los que pretendían seguir intentando cambiar las cosas en la Tierra, bajo el liderazgo de Rïah Sahïltahhk. Finalmente las dos alternativas se llevaron a cabo, gracias a que los partidarios de la segunda opción ayudaron a que se realizase la primera. Llevó mucho tiempo conseguir mover todas las fichas hasta conseguir que todo el programa de supervisión y lanzamiento de la primera nava colonial estuviera en poder de miembros  de la Zeuhl Wortz. Se sesgó discretamente la elección de colonos con el objetivo de que todos pertenecieran a este ejército secreto. El sigilo era su única arma, y sólo la existencia de planes dentro de los planes, y una organización en células permitía hacerlo. Se aprovecharían de la nave y el sistema, subvirtiendo los planes de la Agencia Internacional para la Explotación del Espacio para convertir a Kobaïa en una fuente de conocimiento y no en una mina a cielo abierto.

Una vez que el último transbordador terminó de traer a los colonos a la estación espacial de tránsito les reunió el líder del grupo y comandante de la nave. Se mostró ante todos con el símbolo de la Presencia Masiva de la Univera Zekt sobre el pecho. Nadie entre los asistentes sabía que todos pertenecían a la Zeuhl Wortz. Así que se sintieron muy conmocionados al enterarse. Se abrió un ventanal y la nave colonial quedó a la vista. El comandante habló y todo lo que dijo fue registrado para su difusión en la Tierra. Incitó a  otras gentes a repetir la gesta que iban a realizar, dio a conocer los objetivos de la colonización de Kobaïa y habló de su esplendor. Finalizado el acto, los colonos se dirigieron a la nave. Su mente era una pura contradicción de sentimientos. Ira hacia el materialismo de la Tierra y esperanza sobre su futuro en Kobaïa.




El lanzamiento se produjo con éxito y se desplegaron las gigantescas velas del velero solar. Sólo se emitieron las alocuciones dadas el día de la acogida de los colonos semanas después, para así evitar ser interceptados. La furibunda reacción de la Agencia Internacional para la Explotación del Espacio y del Estado Centralizado Terrestre no se hizo esperar, y se produjo una persecución más o menos encubierta de la Zeuhl Wortz.

En la nave, los colonos fueron presa de pensamientos melancólicos, ya que habían roto sus vínculos con el pasado. Ya que, de querer y poder volver, debido a los efectos relativistas del viaje, sólo podrían hacerlo para llegar a una Tierra muy diferente de la que dejaron. Esta pena fue diluyéndose por la alegría de lo que esperaban poder conseguir. Después de todo, seguía presente su odio hacia el materialismo, fomentado por el espectáculo de horror e injusticia que se sufría en la Tierra.




Más allá del acantilado del cinturón de Kuiper la nave puso en marcha el sistema que le permitía acelerar hasta alanzar las altísimas velocidades requeridas para el viaje interestelar, rumbo a Malaria.

El vehículo interestelar era básicamente un gigantesco reactor de fusión que precisaba mantenimiento y una fuente de hidrógeno. Al llegar a las inmediaciones del planeta, descendió un transbordador para recoger agua, mientras la nave se auto reparaba en órbita. Malaria era y es un planeta de tipo terrestre totalmente oceánico, cuya única tierra firme la forman cambiantes bancos de arena. En este vasto océano la vida es completamente vegetal, diríamos desde nuestro punto de vista terrestre, y es la que a lo largo de millones de años ha proporcionado el oxígeno a la atmósfera de este mundo.

Desde la órbita, la contemplación de Malaria era un espectáculo hermoso. Al alba –en tiempo subjetivo– el viaje continuó. No sin incidentes, ya que la nave tuvo que atravesar una nube de meteoritos antes de llegar al punto en que era más seguro iniciar la aceleración para el viaje interestelar.

En total, el vuelo duró una década de tiempo subjetivo para los viajeros hasta que se llegó a poner en órbita estacionaria a la nave sobre Kobaïa. Los colonos se reunieron apara ver amanecer y descubrir la belleza de este planeta, alumbrado por la luz de un sistema binario.

Descendieron merced al transbordador, que hubo de efectuar varios viajes previos para proceder a la construcción de unas instalaciones mínimas. Una vez posada la nave con el último viaje con colonos, se permitió a todos estos salir al exterior. En el corazón de los neokobaïanos explotaba un sentimiento inmediato de amor  hacia Kobaïa, un mundo tan hermoso, tan aleado de la Tierra y, al mismo tiempo, habitable. Una rareza en el Cosmos, donde si algo abunda lo es la diversidad. Para que la naturaleza de Kobaïa no les considerase intrusos, los colonos cantaron exhortando al planeta a recibirles y a revelarse en su esplendor.

Entonces vieron vida animal por primera vez. Eran enormes herbívoros que, a pesar de su tamaño, más que desplazarse parecían danzar. A su vez, los colonos celebraron su primera fiesta al aire libre en muchos años, bajo la luz de los dos soles, hasta el crepúsculo de la estrella principal.

Rïah Sahïltahhk




Rïah Sahïltahhk era un hombre con ansias de liderazgo y estaba dotado de una gran sabiduría, aunque era muy orgulloso. Decidió no ir al planeta Kobaïa en un primer momento, pese a que era un Gran Maestro Kobaïano. Quiso quedarse para trabajar en la Tierra e intentar cambiar la manera de pensar de las gentes y transformarlas.
Era ingeniero espacial y, de hecho, él había supervisado la construcción de la nave que partió hacia Kobaïa con unas intenciones bien distintas de las prefiguradas por la Administración Colonial. En la estación de tránsito estaba su propia nave la que había sido usada en pruebas antes de que se empezasen a construir las enormes y costosas naves coloniales. Técnicamente era suya.

Tras la marcha de los colonos kobaïanos las fuerzas de seguridad persiguieron a al Zeuhl Wortz con escasos resultados, ya que también había miembros del ejército secreto en su dirección.

Cansado de mover hilos, sin conseguir nada más que la supervivencia de la organización, Rïah Sahïltahhk decidió viajar a Kobaïa. Dado su cargo y empleo no le resultaría difícil subir a la estación de tránsito y una vez allí, aprestar su nave. Había elementos de la Zeuhl Wortz entre los controladores de vuelo que le facilitarían la marcha. Antes del viaje se comunicó con sus iguales en la organización para informarles de sus planes y para indicarles que si alguna vez sentían la necesidad de la ayuda de los kobaïanos, se la pidieran.

Así pues, llegado el día, Rïah Sahïltahhk cogió su nave y partió. Dado que encendió el motor para el impulso interestelar de forma muy imprudente, dentro del ámbito interno del sistema solar, este hecho no pasó inadvertido y tuvo consecuencias para los técnicos implicados. Pese a que no era adecuado actuar así, él lo hizo por el temor a ser interceptado.

Llegó a Malaria y tomó tierra en un banco de arena. Mientras la nave entraba en el proceso automático de mantenimiento él salió al exterior. Se había alejado unos doscientos metros cuando se percató que el nivel del agua estaba subiendo y empezaba a cubrirle los pies. Según volvió hacia su vehículo encontró que las olas batían ya su base.

En lugar de salir de allí con la nave se dirigió a los elementos tratándoles como iguales a sí mismo. Exigió, imploró, rezó… invocó a Kreuhn Kohrman y siguió luchando con todas sus fuerzas hasta que el mismo, junto con su nave, quedaron sumergidos.

Al amanecer, nada había en el banco de arena que delatase lo ocurrido. Los primeros rayos del sol de Malaria iluminaron un paisaje hermoso y solitario.

Kobaïa – La vuelta a la Tierra

Pasó mucho tiempo y se desarrolló la civilización en Kobaïa. Siempre en busca del conocimiento y la belleza, con un desarrollo muy particular de la tecnología.
Llegó un día en que se recibió una comunicación desde la Tierra, lanzada décadas atrás. Aquel mundo bullía en problemas, como nunca lo había hecho, y los miembros de la Zeuhl Wortz pedían auxilio.

Los grandes maestros de Kobaïa se reunieron para decidir si algo debía hacerse al respecto. Se tomó una decisión difícil, ya que se optó por mandar una legación a la Tierra, pese a que el viaje sería muy largo con relación al tiempo que duraría tanto para Kobaïa como para su planeta de origen. El vuelo de ida y vuelta duraría al menos lo que tarda en aparecer una generación. Al llegar habría pasado mucho tiempo dese la llamada de socorro de la Zeuhl Wortz terrestre. Mientras que al volver, quizá ya no encontrarían con vida a la mayor parte de sus seres querido.

Se decidió que sí se llevaría a cabo el vuelo, en cualquier caso. Irían maestros kobaïanos y sus familias, aunque el grupo, en cualquier caso, no sería muy numeroso.
Partieron y, una vez llegados a la Tierra fueron bien recibidos, en principio. Hicieron una alocución pública para explicar el esplendor de su mundo, que se alimentaba de la búsqueda constante de la belleza, la felicidad y la sabiduría. Invitaron a las gentes de la Tierra a viajar a Kobaïa. Pero la respuesta de las instituciones terrestres no pudo ser más dura. Fueron apresados y separados para ser interrogados. Querían conocer cuál era el grado de desarrollo de las defensas de Kobaïa, ya que la intención de la antigua Agencia Internacional para la Explotación del Espacio junto con la Administración Colonial era la explotación sistemática de los recursos de aquel planeta. Querían saber si iba a ser necesario mandar tropas y naves de guerra para imponer su dominio.

El jefe de la expedición kobaïana montó en cólera y advirtió a sus captores sobre la existencia del arma definitiva, llamada Stöah. Un desintegrador molecular situado en su nave, que se dispararía automáticamente si se intentaba manipular; y que también lo haría si a alguno de los cautivos le sucedía algún daño. Era un arma disuasiva capaz de destruir planetas. Los dirigentes del Estado Centralizado Terrestre se habían equivocado sobre la naturaleza de los kobaïanos. Pensaban que eran pusilánimes en vez de pacifistas. Iban a empezar a torturar a ciertos miembros de la expedición en presencia de los suyos, pero se retractaron. Esto podía no ser cierto –pese a que sí lo era–, pero se decidió no arriesgar el futuro del mundo. Así pues, os enviados de Kobaïa fueron liberados y volvieron, llenos de congoja, a su hogar.




Las contradicciones de la Tierra se resolvieron por la mayor crisis conocida por la especie humana en toda su historia.


Wurdah Ïtah / Mëkanïk Déstruktïw Kömmandöh



De nuevo la invocación enfoca nuestra mirada. No se trata ya del Universo sino de la propia Tierra, a la que llegó el llamado Milenio Trágico –en realidad con una duración mayor de mil años–, la Nueva Edad Oscura, en la que convivieron la escasez de recursos materiales y una alta tecnología indistinguible de la magia. Esta era de destrucción y muerte empezó poco después de la vuelta a Kobaïa de sus enviados, cuando la civilización humana estaba a punto de llegar al mismo punto de inflexión que sufrió la primera cultura planetaria del Cosmos. Llegó este colapso del sistema en un mundo my afectado por las consecuencias de los cambios en el clima instaurados casi doscientos años antes del éxodo hacia el planeta Kobaïa de los seguidores de la Zeuhl Wortz. Tras una serie de feroces guerras que se produjeron en primer lugar por el control de los recursos energéticos, luego por los alimenticios y finalmente por el agua; cientos, tal vez miles, de millones de personas quedaron desamparados y sin nada, a expensas de su propia suerte. La mortandad alcanzó límites inauditos. La no sostenibilidad de la tecnología, de la cual todo el engranaje social era extremadamente dependiente, hizo que llegado el colapso se produjese de golpe un retroceso al momento previo al desarrollo de la revolución industrial. Quienes mejor se adaptaron a esta situación fueron aquellos pueblos que no habían cambiado su forma de vida tradicional, pero el derrumbe en Europa fue de una magnitud colosal. Quedaron pequeñas comunidades dedicadas a la explotación de la tierra y el ganado, siempre en guerra entre sí, instaurándose un sistema neofeudal allí donde quedaban recursos energéticos renovables, como saltos de agua, etc. Estos nuevos Señores eran los únicos que tenían acceso a la tecnología avanzada. Pese a que ejercían una tiranía cruel, las zonas bajo su dominio prosperaron y, lentamente, empezaron a salir de la miseria. Se daba una extraña mezcla de tecnología pre y post industrial. No obstante, la vieja pugna entre la mente y el espíritu se mantuvo e incluso se exacerbó. Por un lado, hubo personas que pensaban que este abuso de poder, rayano en ocasiones con el mero capricho, era un mal menor comparado con el cierto grado de prosperidad que era dado prever. Otras personas echaban de menos una mayor atención a las necesidades del espíritu y repudiaban este materialismo creciente.




En Europa central, una de las personas más influyentes del más importante Señorío del continente era miembro del ejército secreto de la Zeuhl Wortz. Como otros miembros del movimiento, estos llevaban generaciones infiltrados en los órganos de poder. Éste era el caso de Nebëhr Gudahtt y su familia. Éste recibió la Iluminación durante una meditación y comprendió cual era el Conflicto Central del Universo, de la Mente frente al Espíritu, y pudo ver cuál era el papel de la Tierra en éste. Vio al mundo como uno de los campos de batalla de esta guerra. Algo debía hacerse y fue entonces cuando él, el Iniciado, habló. Convocó a todos los seguidores locales de la Zeuhl Wortz para hacerles comprender que era el momento de tomar partido por lo Eterno, por Kobaïa. Entonces, y por sorpresa mediante un acto audaz, tomó el poder del Señorío y proclamó el nuevo estado de cosas. En cascada, esto afectó a todos los Señoríos vasallos del principal. Lo que había pasado no fue comprendido por muchas personas a lo largo del continente. Se entendía esta situación como una renuncia a la tecnología y a la prosperidad creciente. Se temía perder los privilegios y comodidades ganados con tanta dificultad. Consideraron a Nebëhr Gudahtt como un tirano terrible, peor que cualquier Señor derrocado, ya que su intención sería propiciar la vuelta a los peores tiempos del Milenio Trágico. Este miedo y esta indignación movilizaron a muchos, que empezaron a unirse y organizarse por todas partes. Desde la helada tundra de Turja en el norte o desde las islas del mar intermedio en el sur y bajo el grito de “¡Vaishant!” –¡Adelante! – se pusieron en marcha hacia el Señorío gobernado por Nebëhr Gudahtt. En realidad Profeta antes que Tirano. Sus palabras habían sido intencionadamente manipuladas y las multitudes creyeron que se les instaba a la autoinmolación. Esto fue el colmo de lo considerado tolerable para muchos y así empezó el llamado Tiempo del Odio, cuando estas gentes confundieron su objetivo sin conocer cuál era el verdadero enemigo del alma del Pueblo.




Así, llevados por este inmenso odio hacia Nebëhr Gudahtt, se formó el mayor ejército que había visto la humanidad en mil años. El Mëkanïk Dëstruktïw Kömmandöh. Sus huestes avanzaban cantando acompañados de tambores y trompas; y su voz era tan poderosa que el canto llegaba a desvanecerse en el cielo. Al escucharlo, hombres y mujeres dejaban sus labores y se unían a la marcha con palos, hoces o cualquier otra arma, improvisada o no. La inmensa mayoría de esta multitud estaba formada por gentes de corazón puro, engañadas sobre los propósitos del profeta.

Tal conmoción espiritual no dejó impasibles a las fuerzas del universo. Ángeles se presentaron allí para ver la forma en que se podía actuar. No podían enfrentarse directamente a los seres animados, ya que compartían la esencia de sus almas. Su única esperanza era cambiar a la gente a través del amor.

Algunas personas tienen el don de ver lo inmaterial. Una de éstas formaba parte del Mëkanïk Dëstruktïw Kömmandöh. Cantaba con toda su alma, totalmente exaltado, pero de repente calló al ver a uno de estos Ángeles de Luz. En su representación material éste era de una belleza extrema y le sonrió; y su gesto estaba lleno de amor. La visión conmovió a esta persona hasta el punto de que el odio desapareció de su corazón. Entonces, empezó a contarles a los demás lo que había experimentado.

–¡El Ángel de Luz me ha sonreído!

Su experiencia se mostró contagiosa en grado extremo y, uno tras otro, cada uno de ellos vio a su Ángel de Luz y recibió su amor. Mientras tanto, las muchedumbres siguieron su camino pero esta marcha de odio pasó a ser una marcha de amor. Los Ángeles, de forma inmaterial, se sumaron a ésta.

Nebëhr Gudahtt entró en éxtasis y así obtuvo una mayor y más profunda comprensión de todo lo que estaña en juego. Durante este trance habló en la lengua mágica de Kobaïa y sus discípulos recogieron sus palabras, para intentar desentrañarlas más adelante.

Cuando la marcha del que había sido llamado Mëkanïk Dëstruktïw Kömmandöh llegó a su destino, el Profeta se dirigió a los allí congregados. Pese a la enormidad de la muchedumbre se hizo un silencio absoluto. Cada vez que Nebëhr Gudahtt callaba, las masas celebraban con cánticos sus alabanzas. Lo que en verdad pidió el Iniciado era dedicar la vida entera al objetivo de la Zeuhl Wortz, un empeño del espíritu en lo Eterno, en Kobaïa, a mayor gloria de la Divina Luz de Kreuhn Kohrman. El Profeta entonó el Canto del Exorcismo y entregó su espíritu, ya que su misión había terminado con la llegada de este día. Algunas de las personas presentes, efectivamente embriagadas en su delirio místico, también rindieron su espíritu mientras sus cuerpos se disolvían. En una Marcha Celeste, sus almas engrosaron las filas de la Zeuhl Wortz espiritual, la de dioses y seres de naturaleza angelical en lucha permanente contra la Inteligencia Artificial y el pueblo de Ork. La inmensa mayoría de las gentes volvió a sus hogares y dedicó todos sus esfuerzos, cuando la lucha por la propia supervivencia lo permitía, a profundizar en el conocimiento interior. Así fue que en la Tierra, el punto de inflexión que aniquiló a la primera civilización del Cosmos se superó, y los terrestres se embarcaron en el desarrollo espiritual como parte de la Zeuhl Wortz. Estaban, pues, en el camino iniciado por Ëmëhntëhtt-Ré y seguido por Köntarkösz, que perseguía despertar a Ptah y lograr la Inmortalidad. Ya nada separaba, salvo la enorme distancia de las llanuras inacabables de los cielos, a los habitantes del planeta Kobaïa y de la Tierra.

Nos alejamos del foco y nuestra visión vuelve a estar fijada en el Cosmos. Hasta el inicio de un nuevo ciclo.

Fin




Carlos Romeo

1 comentario

  • Enlace comentario icrp1961 Sábado, 06 de Noviembre de 2010 11:45 Publicado por icrp1961

    Hola.
    Pura literatura. No es en ningún caso la versión "oficial" de la historia. ES un destilado de muchas lecturas diferentes sobre estos discos y su ciclos. Lecturas de libros, páginas web, etc. A esto le he dado mi "toque". Sólo pido que se lea con benevolencia.
    Nos leems.

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