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Sábado, 06 de Noviembre de 2010 00:02

Gentle Giant - Gentle Giant (1970)

por  Simkim
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El rock progresivo existe para crear canciones complejas con las cuales los menos talentosos ensayamos para aprender a tocar.
Mike Patton.

Una aspiración recurrente en cada melómano es la de aprender a tocar un instrumento. No tiene por qué contener la idea más precisa de llegar a tocar en una banda o aun alcanzar un mínimo nivel exigible; se trata del prurito de quien dedica buena parte de su tiempo a idolatrar y deleitarse con unos tipos que sacan música de ciertos objetos. En ocasiones, va acompañado de la dosis necesaria de voluntad y se materializa, con más o menos persistencia. Las más de las veces, la idea es arrojada al desván de los anhelos perdidos. Con mayor o menor convencimiento, yo me planteé esta idea varias veces. El objeto de mis querencias osciló en ese tiempo al compás de la evolución de mis gustos como oyente; desde la guitarra al saxofón, del bajo al violín. La falta de decisión y el paso inexorable del tiempo me fueron disuadiendo de tales pensamientos, con la resignación creciente que da el hecho de que a medida que se ensanchaba la cuenta de mis años, más difícil se tornaba iniciarse en un aprendizaje.

Así, un día cualquiera, uno tiene noticia de tres hermanos. Dos apenas rondan la veintena, el tercero es una década más longevo. Aparentemente, se llevan bien. Bueno, tal vez no se soporten, pero pasan bastante tiempo juntos, haciendo algo que debía de gustarles al mismo tiempo que tratan de ganarse la vida. Oriundos de Glasgow salvo el menor, nacido en Portsmouth, ciudad portuaria del sur de Inglaterra adonde se trasladó su familia… Ah, y tocan instrumentos. Varios instrumentos. Cada uno.


Ellos tocan y yo escribo el pie de foto.

De “Kites” a “Giant” y tiro porque me toca.
Un interesante y baldío ejercicio es tratar de dilucidar cuál es el proceso creativo que conduce a estos muchachos desde un single del grupo fraternal que antecede al Gigante, Simon Dupree and the Big Sound, tema de cándido pop-rock psicodélico con unos orientalistas motivos percusivos de lo más kitsch; a la potente majestuosidad del opus que inaugura el disco objeto de este comentario. El interés se suscita con la escucha de apenas unos segundos de ambas piezas, que se asemejan tanto como un huevo a una castaña. La inoperancia es automática puesto que este limitado cronista trampea: de “Kites” a “Giant” van casi tres años del turbulento (en muchas cosas, pero también en lo musical) final de década; la adición de Kerry Minnear, multiinstrumentista de formación clásica; y la convicción que otorga la libertad creativa al trabajar sobre material propio. “Kites” representaba el rumbo que a la compañía discográfica placía, con los arreglos que los Shulman, descontentos con la situación, pudieron añadir; “Giant”, el que los músicos sentían como propio en ese momento. Cada cual tiene su papel en el juego… y los Shulman jamás emularon el éxito comercial de aquel single en los más de diez años de existencia de Gentle Giant.


El grafista asegura haber limitado su trabajo al fondo

El disco.
Ya estamos en 1970, Simon Dupree es historia y a los Shulman y Minnear se han unido un guitarrista de raíces blueseras, Gary Green, y el baterista Martin Smith. Con esa formación firmarán por el sello Vertigo, dispuestos a lanzar un primer larga duración con el nombre de la banda.


De izquierda a derecha: Gary Green, Phil Shulman, Ray Shulman, Kerry Minnear, Derek Shulman y Martin Smith.
Según parece, no había un escenario más cutre para la foto

Las notas que acompañaban al plástico optaban, en lugar de por resumir los orígenes del grupo de una manera ortodoxa, por narrar un relato en el que un gigante, emparentado políticamente con Gargantúa y Pantagruel, abandona su plácido trabajo hortícola para investigar un extraño sonido traído por el viento; el viaje le llevará hasta Portsmouth, a tiempo para descubrir que la solución del enigma no era otra que un ensayo de la banda que nos ocupa, que terminará deleitando al gigante con un improvisado recital. Ignoramos si intercambiaron los teléfonos.

Sea como fuere, hay al inicio “Gigante”, que se abre paso desde el silencio en la forma de un sonido de órgano creciente, reforzado en su punto álgido por una incisiva línea de bajo, inmediatamente acompañada por los platillos y, finalmente, una batería que dibuja imbricados ritmos; Derek Shulman aparece con voz áspera anunciando la llegada del Gigante, al tiempo que guitarra y órgano construyen un riff poderoso. La intensidad se mantiene hasta desembocar en un pasaje más calmo, de atmósferas perfiladas por Minnear; bajo y batería ocupan un gran espacio pese a su contención. Esta sección concluirá con un retorno al riff inicial, no sin haber perfilado un par de momentos de majestuosidad, coros épicos incluidos. Tras la repetición, el tema concluye abruptamente.

Este tema inicial nos permite apreciar, en lo que es una constante del disco, el peso preponderante de Minnear y Ray Shulman, quedando Green y Phil en un nada despreciable segundo plano. De hecho, los dos primeros fueron los compositores principales de la banda. Phil se encargaba de las letras, tarea en la que fue sustituido tras su marcha por su hermano Derek, que contribuía, además, con diversas ideas. Muchas de las características señeras de la banda lo son ab initio, y el paso del tiempo permite verlas madurar sin las interrupciones que producen los cambios de personal: en toda la historia de la banda, únicamente se produjo una baja (Phil Shulman) y un cambio de instrumentista en la batería, que pasó de Martin Smith a John Weathers, Malcolm Mortimore mediante. Tal vez porque no era suficiente para esta banda que un tipo se limitara a tocar su instrumento, o quizás por una cuestión de imagen.


Weathers es el de las gafas

El rock poderoso retornará en otras piezas, pero el segundo corte nos regala uno de los grandes clásicos de la banda, “Funny Ways” superviviente en los repertorios durante años. Ray coge el violín y se combina con la guitarra acústica, mientras Kerry Minnear apuntala con el violonchelo (¿ah, pero éstos no tocaban antes…? Sí, hijo, sí). Phil toma la voz cantante con un registro más delicado y los demás hacen los coros, durante un par de estrofas, intercaladas con algo parecido a un estribillo, a cargo de Derek. Un vivaracho piano, con algo de percusión por vez primera y unas rápidas líneas vocales dan paso a una sección instrumental compuesta de un fraseo de órgano que da paso a un buen solo de guitarra, mientras la trompeta de Phil fortalece el fondo y el bajo cobra protagonismo. Después, retorno al principio y rápida conclusión entre suave percusión.

El contraste de pieza a pieza es grande, tanto como dentro de las mismas, y naturalmente los buenos muchachos tienen más registros: vocales, por ejemplo, pues en “Alucard” cantan todos al unísono; también tecnológicos, dados el número de overdubs, digno de Zappa, y los efectos digitales que matizan instrumentos y voces, y que añaden un toque un tanto siniestro, cuando se canta, como en un eco, las penurias del buen Conde. Minnear tiene espacio para un buen solo de órgano que, paradójicamente, suena casi en segundo plano, arrinconado por la potencia del riff. En la parte final, tras la última estrofa, se repite una especie de diálogo contrapuntístico entre instrumentos que anuncia futuros devaneos, mucho más precisos que las descripciones de este impostado cronista. Entre repeticiones del riff, amagos de finalización y todos saturando como al final de un concierto, se llega a la conclusión. Unas cuantas notas de moog, que en realidad corresponden al riff del primer tema, modificadas, hacen las veces de puente hacia “Isn’t it Quiet and Cold”, una de mis piezas fetiche de la banda. Con Claire Denis como violonchelista invitada, prima la sutileza y un cierto aroma centroeuropeo, si bien es muy posible que uno padezca de anosmia. Violín y violonchelo se combinan para tocar la melodía, hasta que Phil empieza a contar la forma en que se dispara la imaginación cuando uno ha de caminar en solitario a horas intempestivas y aun los adoquines parecen cobrar vida, al tiempo que la imperturbable quietud devuelve el eco de las propias pisadas. Las cuerdas son tocadas en pizzicato en algunas partes y el conjunto instrumental se completa con la guitarra acústica, el trabajo de Smith con lo que me parecen las escobillas y Minnear con la marimba, a la que termina sacando un simpático solo y del que terminamos por deducir que las actividades deportivas no ocupaban demasiado espacio en su agenda infantil. En calma, damos por finalizada la Cara A del álbum, no sin antes haber escuchado la última pieza un par de veces más.

La canción más extensa del álbum, “Nothing at all”, se inicia con una melodía de guitarra y piano, apenas respaldada por unas distantes notas de bajo, hasta que Phil y Derek, éste en su registro más contenido, comienza a cantar sobre una mujer desengañada, que recuerda, al observar a las parejas, que se ha quedado sin nada; los demás instrumentos se van sumando, con particular protagonismo el bajo, creando música de una belleza melancólica tal, que la principal preocupación del que esto escribe es no caer en el amaneramiento. Por fortuna para este plumilla, Gary Green acude al rescate en forma de un potente riff, mientras el ambiente cuasi pastoril deviene enérgico rock, con Derek gritando y las guitarras dobladas desarrollando un intenso solo. A continuación viene un solo de batería, que suena un tanto “espacial” por el uso de efectos, al que se añade un Minnear que muestra su faceta más clásica al piano, con una cita de Liszt que deviene sombría improvisación de corte jazzístico; la tensión y el contraste alcanzados es superlativo, desembocando en la melodía principal, de la que se vocaliza una última estrofa.

Alcanzando el final aparece una pieza de puro hard rock, sólo interrumpido por un breve interludio con flauta y la voz de Minnear. Green cobra protagonismo con un par de solos con regusto a blues-rock, especialmente el segundo, con la banda derrochando (“Why not?”) una furia inédita en siguientes trabajos. Es esta concreta vertiente, además de la muestra incipiente de una serie de elementos que sublimaron en posteriores entregas, lo que dota a este disco de una atmósfera especial, de un peculiar carácter que no habría de repetirse y que es enormemente apreciado por quien suscribe estas líneas.

A modo de coda, una versión roquera del himno nacional británico, con Green llevando la batuta. Y fin.


Temas:
01. Giant
02. Funny Ways
03. Alucard
04. Isn't it Quiet and Cold?
05. Nothing at all
06. Why not?
07. The Queen

Personal:
Derek Shulman -  Voz solista, voces y algo de bajo
Ray Shulman -  La mayoría del bajo, violín, algo de guitarra, percusión y voces
Phil Shulman -  Saxo, trompeta, flauta dulce, voz solista y voces
Kerry Minnear - Teclados, algo de bajo, violonchelo, voz solista, voces y percusión
Gary Green - Guitarra solista, guitarra de 12 cuerdas
Martin Smith - Batería y percusión
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